jueves, 12 de agosto de 2010

3. Kenita Moho

El moho es un hongo verdusco que crece con la humedad, falta un poco de distracción y lo ves como ha crecido. A todos nos ha pasado que dejamos algo y no le prestamos suficiente atención y un día esta toda la frutera verde llena de este parásito. Así es Kenita Moho, es el epítome de lo que detesto en la humanidad, una persona prepotente y engreída, que decidí no tomarle atención (ya saben lo que dicen a palabras necias oídos sordos) sin embargo su malignidad ha empezado a contaminar mi mundo.

Como siempre era hora de otra de mis presentaciones humorísticas, en "El Bar de Siempre" yo ni me había percatado que su ser pisaba mi local de trabajo, cuando en medio de mi monologo, me doy cuenta que hay una risita molesta y permanente, una especie de taladro chillón, desconcentraba mis sabios pero humorísticos pensamientos, al mirar con detención veo una tipa de espaldas riendo tan fuerte como cerdo que lo estan follando y pronunciaba entre risas "es que esta mina es muy patética". El silencio fue tremendo, solo veía las cabezas de las personas mirándome, como esperando algo de mí, respire como la mujer calmada que (no) soy y le pregunte, "si por patética te refieres a ti misma, tienes toda la razón". Me miro con desdén y dijo, "linda yo patética, jamás! podría hacer lo que tu haces mil veces mejor, pero no me presto para estas nimedades en este barsucho de mala muerte"

Los espectadores soltaron contra ella miradas de odio, y por un momento sentí la aprobación del público, por lo que me acerque a su mesa y le dije:

- Si te crees tanto la maravilla, ¿Por que no mejor te vas?

- Hay gorda, pero si tu sabes que haces el loco, mejor traeme la jarra de ponche que te pedí hace rato.

Paula, mi compañera de trabajo me tomo de los brazos y me dijo calmate y me llevó a la cocina, mientras el publico me despedía con un tímido aplauso. Lo único que faltaba, me llamo gorda, el peor epiteto a una mujer y además me trató como esclava, y sin escuchar nada más que mi propia ira tomé la jarra de ponche se la lleve a la mesa y le dije:

- Que lamentable que te tengas que ir tan luego.

- Yo no me voy a ninguna parte.

- Deberias porque te vas a resfriar...

En ese momento le derrame el ponche en el cuerpo, con las risas desatadas de todos los asistentes inclusive quienes la acompañaban. Sentí una liberación tal que ni siquiera escuchaba sus insultos, solo reia de la imagen pintoresca de verla morada y con un pedazo de durazno colgando del pelo mientras despotrincaba. Sus amigos la sacaron del bar y fue la mejor noche de mi vida.

Después tuve una larga y tortuosa charla con el jefe, quien me dijo, que el hubiera hecho lo mismo, pero fuera del local. Y que tendría que hacerme cargo de la cuenta de Kenita, pero bueno eso es un pequeño precio a pagar por una bien ejecutada venganza.

martes, 3 de agosto de 2010

2. Salida con amigas

Es viernes en la noche. Aburrida de revisar por vez número ochocientas en la pasada hora la cuenta que creé para conocer gente, cansada del ajetreo diario y con una necesidad insoslayable de contacto humano, decido llamar a mis amigas para despejar mi mente con cigarros y alcohol. No me malentiendan, tampoco soy adicta ni etilo-dependiente, es sólo que la mente se relaja más fácil con un tequila margarita, ¿o no?
Primera cuestión, ¿A quién llamo? A mis amigas. Obvio. Pero no es tan fácil... Pepa, mi amiga infaltable y casi tan jugosa como yo, me da el visto bueno, pero me pregunta si no hay problema que vaya con su pololo, a lo cual no tengo objeción. Gabi, quien se toma hasta la molestia, también me apaña, pero también pregunta si puede llevar a Manolo (su pololo). Finalmente la Meli, quien ha estado conmigo en las buenas y en las malas, casi como una hermana, fascinada con la idea, me comenta que su pololo está solo en su departamento, que tiene un tequila de juntas anteriores y que sería lo mejor que nos juntáramos todos allá. La idea suena atractiva, sencilla, y además implica alcohol gratis, ¡qué puede salir mal!
Pero es cuando voy llegando al departamento en cuestión me detengo para un momento de reflexión patética. ¿Notaron un patrón? uno más uno son dos, y dos, dos son seis, y YO ¡Soy la 7° pata en una mesa de seis!, el número impar, la que mira al techo cuando todos se besuquean, la que cuida las chaquetas mientras los demás bailan, la chaperona de todos, esa que además actúa como si no le importara, porque sino la tildan de amargada; así es, me he convertido en la temida solterona del grupo.
Afrontémoslo, ser de la minoría a veces no es bueno. Claro está, si pensamos que fueramos cuatro mujeres solteras, estupendas, en un happy hour, diríamos que somos el mejorado elenco de Sex and the City... pero no señores, soy sólo yo.
Y mientras tomo el primer shot de tequila, miro a mi alrededor y pienso que cualquiera de mis amigas podría ser yo, en pareja, teniendo una relación, con compromisos, lejos de mi vida liberal, soltera, sin rendirle cuentas a nadie... en verdad no es tan malo mi status quo... de hecho es excelente, voy donde quiero, no me preocupo por nada, no me denigro a tener apodos de animales y sólo invierto en mí.
Es en ese momento que tengo una revelación. Es casi como si Madonna me hablara mientras monta a su boy toy: definitivamente necesito más amigas, SIN POLOLOS.